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Gran torino, una crítica ilustrativa

Publicado el 06 Abril 2009 por mmartz

Por Juan Gómez Bárcena

A comienzos de 2008 circuló el rumor de que Clint Eastwood estaba preparando una última entrega de la saga de Harry Callahan -el archiconocido protagonista de “Harry el sucioâ€- titulada “Gran Torinoâ€. Las especulaciones llegaron tan lejos que incluso se nos adelantaron algunos de los detalles de la supuesta trama, que poco o nada tenían que ver con la película que finalmente se estrenó en diciembre de 2008. La revelación de la verdadera naturaleza del film –la evolución psicológica de un veterano de la guerra de Corea racista y solitario, que acaba encontrando a su verdadera familia entre sus vecinos orientales- decepcionó sin duda a todos aquellos que llenaron las salas esperando encontrarse de nuevo con Harry Callahan, después de más de treinta años de silencio. Sin embargo, parece haber colmado las expectativas de aquellos que simplemente buscábamos encontrar buen cine.

El protagonista de “Gran Torino†es Walt Kowalski (Clint Eastwood), un anciano que acaba de perder a su esposa y vive aislado del resto de su familia en un barrio conflictivo de Detroit. Kowalski ha ayudado a hacer grande la América que conocemos: ha trabajado durante décadas en la industria del automóvil y ha recibido una medalla por su valentía en la guerra de Corea. Sin embargo, en las últimas horas de su vida se ve obligado a ver cómo su hijo se gana la vida vendiendo coches japoneses y cómo su barrio se ha llenado de inmigrantes orientales, muy parecidos a aquellos que su país le ordenó que asesinara hace sólo cincuenta años en Corea. El propio Kowalski se ha convertido en una reliquia viviente que ya no sabe adaptarse a los cambios de su país, y que ve como una constante amenaza la inmigración de asiáticos, hispanos y afroamericanos que en su opinión desvirtúan la esencia de lo que significa ser americano –por más que la América que él conoce se fundara a partir de la inmigración de italianos como su barbero, irlandeses como su amigo en la construcción o polacos como él mismo-.

Una sola razón impulsa a Walt a levantarse cada día: el automóvil Gran Torino que construyó con sus propias manos para Ford en 1972, y que cada día enjabona y lustra en la puerta de su garaje. Este clásico de la carretera representa la esencia de América: el símbolo de la nación dorada que Kowalski conoció, y que sus vecinos orientales sólo pueden admirar en la distancia. Por eso, cuando uno de los miembros de una banda asiática intenta robar su coche, para Kowalski comienza una batalla en la que se decide algo mucho más que un simple coche: se trata de la guerra entre la nueva América emergente y la vieja América que él representa; una América que se niega a hacerse a un lado. No en vano la anciana oriental que vive en la casa vecina repite: “¿Por qué se quedará este viejo blanco aquí? Todos los americanos se han mudado de este barrio: ¿por qué tú no te has ido?â€.

La película, de una sencillez y sobriedad admirables, insiste en alguna de las obsesiones de Eastwood: el hombre atormentado que busca redimir los crímenes de su pasado –William Munny en “Sin perdónâ€-; la familia como entorno nocivo que sólo busca aprovecharse de sus miembros –“Million Dollar Babyâ€- o el papel del pistolero valiente y viril que busca proteger y amparar a los oprimidos –“El jinete pálidoâ€-. En cuanto a la evolución del personaje protagonista, el tópico del anciano malhumorado y solitario que se ve obligado a vencer sus antiguos prejuicios y revela a la postre una moral intachable, también es algo que como espectadores estamos acostumbrados a ver.

Sin embargo, el impecable tratamiento de la película, el sólido argumento y la elogiable interpretación de sus protagonistas –en especial, Clint Eastwood y la actriz amateur Ahney Her, muy convincente en su papel de vecina oriental de Kowalski- convierten unos presupuestos sobre el papel algo tópicos en una película que en mi opinión logra trascender y emocionarnos.

Uno de los mayores aciertos de “Gran Torino†es sin lugar a dudas su agudeza a la hora de retratar la sociedad multiétnica norteamericana. Si bien este tema es una constante en el cine actual –pensemos por ejemplo en la oscarizada “Crash†de Paul Haggis (2004)-, “Gran Torino†ha llegado más lejos que la mayoría de sus predecesoras, ofreciendo una mirada sobre el fenómeno de la inmigración que consigue soslayar el maniqueísmo y el sentimentalismo barato. Ya en el comienzo del film, Eastwood nos deleita con una poderosa imagen: mientras en la casa de los Kowalski se celebra el velatorio de Dorothy, en la vecina casa de la comunidad hmong se festeja el nacimiento de un niño. Estos ritos son el símbolo del declive de la Vieja América, anticuada y condenada a la extinción, y su reemplazo generacional por nuevas comunidades de extranjeros que no comparten ni la lengua ni los valores de la América tradicional.

En resumen, “Gran Torino†es una película que pese a su aparente sencillez nos invita a reflexionar de forma profunda sobre los problemas de la sociedad actual, y al mismo tiempo nos plantea un drama humano con la riqueza y complejidad psicológica a la que ya nos tiene acostumbrados Clint Eastwood. El innegable humor de la película no sólo no rebaja esta tensión dramática, sino que la acentúa hasta dar como resultado una tragicomedia que logra al mismo tiempo conmovernos y entretenernos. Si bien es cierto que la obra no es en mi opinión esa obra maestra que algunos han querido ver –al guión podemos reprocharle algunas frases innecesarias en una cinta por lo demás contenida: “Dios mío, tengo más en común con estos amarillos que con mi malcriada familiaâ€, etc-, se trata sin duda de una película que tiene mucho que ofrecer y que se perfila como una de las joyas de la temporada. Atención sobre todo al brillante final, que propone una revisión muy interesante al sangriento desenlace de “Sin perdónâ€. Sólo nos queda esperar que de nuevo Eastwood se haya precipitado al afirmar que esta será su última película como intérprete, pues sin duda se trata de uno de los mayores genios de nuestro panorama a uno y otro lado de las cámaras.

RESEÑA BIÓGRAFICA:

Juan Gómez Bárcena nace en Santander en 1984. Es licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad Complutense de Madrid, y en la actualidad cursa 5º de Filosofía y 4º de Historia. Es autor de la novela El héroe de Duranza (Ed. Ir Indo, 2002). El curso 2007 – 2008 fue becado por la Fundación Antonio Gala para escribir su primer libro de relatos, Ensayos de realidad, con el que resultó finalista en el XII Premio Mario Vargas Llosa NH de Relatos (2008). En la actualidad trabaja en su próxima novela.


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