Más de cien mil millones de hombres han muerto, dicen los expertos, desde que el hombre se hizo hombre en una remota esquina de África. De entre todas estas muertes, heroicas o ridículas, escojo que la mía se parezca lo más posible a la del trompetista y compositor norteamericano Glenn Miller.
Sé bien de lo que hablo: conozco los pormenores de la muerte
de todos y cada uno de nuestros antepasados ilustres, desde Atila el huno hasta Winston Churchill.
A menudo conocidos y desconocidos se sorprenden cuando hago declaraciones como éstas, en ámbitos por lo demás festivos. Mi interés por las muertes de los demás es tomado como una extravagancia divertida, una má s entre la Buying Antibioticss excentricidades que para bien o para mal me caracterizan.
Pero yo no hablo de la muerte por frivolidad.
Buy Roxithromycin onlines Me anima una razón personal, una convicción más profunda: la de que el valor de la vida de una persona está íntimamente relacionado con el valor de su muerte.
Podría citar muchas razones que me llevaron a consolidar esta certeza: baste deci
r que el cine que vi en mi infancia puso sin duda su granito de arena.
Clomid Online El bueno dispara desde alguna inextricable selva a todo un ejército de sorprendidos japoneses: ¿qué puede decirse de los enemigos muertos sin tener tiempo de levantar sus armas, salvo que sus vidas fueron ridículas? Si amaron, si fueron felices o infelices o si alguna vez dijeron una frase hermosa o cobarde, poco importa desde la perspectiva de su muerte absurda. Pienso también en los primeros mártires cristianos. ¿Qué valor tendrían sus vidas, constantemente escribié ndose cartas y cartas entre ellos, si no fuera porque consintieron morir la muerte que murieron
? El fuego, los leones del circo, la cruz: los símbolos de su muerte son hoy más poderosos que ellos mismos.
¿Qué más puedo decir? Que la muerte es tan valiosa como la vida es una verdad que en mi cabeza no admite réplica y sobre la que no hace falta insistir.
En nuestra vida nos es dado escoger cientos de momentos, de historias: no pasa así con la muerte, que viene una sola vez y no admite devolució n o arrepe
ntimiento alguno. De ahí que debamos escogerla con más cuidado.
Elegir una muerte no es sencillo. En cierto sentido con la muerte sucede como con la vida: morir de algo supone renunciar a una colección infinita de muertes, nunca sabremos si mejores o peores. El soldado mortalmente herido envidia la muerte del hombre que se consume en la paz de su hogar, y el hombre corriente envidia la gloria
del soldado. ¿Qué hemos de escoger, la muerte anónima y pacífica o la tragedia del héroe? Judas escoge las treinta monedas de plata y no la cruz, y acaba ahorcándose, arrepentido de su elección. Jesús escoge la cruz, y c
lavado en lo alto reconoce que Dios lo ha abandonado.
De ambas muertes célebres podemos deducir una sola cosa: no hay una decisión correcta. La muerte es un precio tan alto que nadie desea pagarlo, sea como héroe o como cobarde.
Decía que, de todas las muertes posibles, yo escojo la de Glenn Miller. La razón es que el trompetista norteamericano es, que yo sepa, el único hombre que se las ha compuesto para morir dos muertes distintas.
Está su muerte pública, la versión oficial que difundieron los medios: que había sido gloriosamente abatido en el frente, durante una visita a los combatientes norteamericanos en Francia en la II Guerra Mundial.
Glenn Miller muere, pues, como un héroe. La que pocos conocen es su muerte privada, las circunstancias de su muerte “real” –entrecomillo real porque ignoro qué es más real, si la muerte que nos mata o la que los demás nos atribuyen-. Lo cierto es que Glenn Miller estaba muy lejos del frente en el momento de su muerte: consistió ésta en un dulce, dulcísimo paro cardíaco en los brazos de una prostituta parisina.
Dado que era hombre casado, las circunstancias fueron tergiversadas hasta hacerse política y moralmente aceptables –la habitación de hotel se transformó en una trinchera, y la prostituta francesa en un malvado soldado alemán-. Glenn Miller se convierte, pues, en el primer hombre que yo conozca que es elevado a la gloria del héroe sin pasar por el trámite doloroso de la bala. Su heroicidad futura tuvo el envidiable precio de un orgasmo.
Texto publicado originalmente en ELNOCTURNODIURNO
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