
Hace dos viernes o quizá tres, encontrábame en los estantes de
los libros usados del Mercado Roberto Huembes en busca de algunos títulos con cierta valía en lo que creo valorar como «buenos títulos», situación que se complejiza cada día, tomando en cuenta mi criterio pos-lectura, pos-conversación con pos-lectores posmodernistas «clásicos» chicos y chicas bien instruidas, de quienes en muchos casos sospecho cuando el tamaño de sus gafas; es un tanto más grande que su cabeza.
Mañana nublada y la amenaza de lluvia a las 12 del día pasó como una buena noticia entre mercaderes, transeúntes, carteristas, los perros aerodinámicos de la calle y yo. Me propuse encontrar un libro de Roa Bastos, para un cierto cumpleañero que al atardecer animaría el día con algunas botellas de ron que muchas horas después, dejarían mi cabeza en el lugar de Buying Antibioticsmis zapatos.
Entre las ruinas de un terremoto que asemejan las columnas de libros usados, extraje con cierto rigor de aventurero polvoriento, un título de Erich Fromm (La crisis del psicoanálisis) a quien merodeo desde un libro anterior (El arte de amar) y de quién había escuchado comentarios sobre su desafiante postura ante Freud.
Entre eruditos, editoriales y comentaristas, las polémicas del arte son potencialmente duelos de boxeo, clásicos de fútbol y en el peor de los casos, chismografía-concentrada para animales del siglo XXI en ví as de desarrollo.
Llegué a mi cuarto, aún estornudando polvillo de hoja molida.
Descargue los libros sobre la cama, cerré las cortinas de la ventana —la lluvia comenzó a caer y el sonido estereofónico sobre el techo y el patio, inundó poco a poco mi visión de las cosas—. Recordé que en estricto sentido temporal, no hace mucho tiempo estoy soltero, en otras palabras, tengo entre mi lista de canciones a Calamaro, Dylan, Aute, y Dubstep para fumar y beberme el techo de un trago (todos en modalidad cortopunzantes). Ya sabemos lo que pasa con el gusto musical, literario, cinematográfico, artístico o inconsciente en los días de la posguerra,
de la poscrisis.
Lo único avante, es el humor negro y el patetismo a lo Caravaggio.
Con todo hice un repaso de mis compañías favoritas para estas fechas, que acudieron al primer llamado y ocurrió así: Woody Allen, compañero cervecero que evidencia que no sólo no soy el único hombre desolado, sino por mucho, el menos neurótico. Ortega y Gasset, infatigable racionalista, crítico severo de mi actitud banal y conformista, coincide formalmente con Fromm, quien asegura, sin dejar de ver a Woody, que se levanta en silencio a mirar extrañado el ojal de la chaqueta de Ortega y Gasset, que mi problema es que no he aprendido a amar y cada partida que me toca vivir, la juego como un momento orgiástico, como todo un niño incapaz de superar mi enajenación conformista con el mundo del “amor” que me han enseñado en casa, en la escuela y en el vecindario.
En este punto tengo que detenerme para poner algo de música, lo que podrán imaginar, por cuestiones de «tiempo», desata toda una discusión, además, Woody se ha salido de foco como en «Deconstructing Harry» y Fromm decide examinarlo brevemente.
Suena el teléfono, es Aldous Huxley desde la aduana, problemas con su equipaje; metanfetaminas y cocaína.
En el patio se escucha un golpe como de rayo, han caído Cioran junto a Sizek; a quien no conozco, sólo por artículos y videos colgados en el perfil de un jov
en ocupa ruso.
—Ahora nos fuimos todos a la mierda, Woody, deja la maldita corbata de Ortega, grita Cioran, quien a su mero arribo carga sobre el pesimismo de Allen y lo acusa de hipócrita gorrión melancólico.
Por mi parte, sólo puedo estar en silencio, hundido en el sofá, rascándome la cabeza y sobándome la quijada con la mano, liando un cigarro tras otro, sirviéndome un trago tras otro, cuando escucho que abren la puerta. Buy Roxithromycin onlines Hace su formal ingreso, Charly García, ¡MADRE SANTA! Aferrado al brazo donde porta su pañuelo rojo, nada menos que Joaquín Sabina con su bombín y sus pastillas para no soñar. En la sala se hizo un silencio absoluto, nadie quiso cruzar palabras con los músicos, que llegaron uno tras otro y aunque entre ellos mismos no hicieron un mínimo gesto por cruzar sus tiempos, debo reconocer a Janis Joplin y Ella Fítzgerald, como las tipas más graciosas, mandaron a la mierda a todos y sin reparo hablaron de política:
—La rebelió n de las masas, vaya mieeerrda.
—Silogismos de la amargura, breviario
de la podredumbre, uf!
Patético.
No sé en que terminarán estos días, digamos, que he preferido cortar por la sano estas reuniones, aún siguen conversando, y yo sólo me escapo de este lugar al que certeramente volveré, por ahora me dice Henry Miller que invite a Dios, que no tema, que él «Tenía tan poca necesidad de Dios como Él de mí, y con frecuencia me decía que, si Dios existiera, iría a su encuentro tranquilamente y le escupiría en la cara».
Texto originalmente publicado en ELNOCTURNODIURNO
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